Al cumplirse 93 años del nacimiento de Juvenal Hernández, un hombre que transformó la «aspereza de la vida» en poesía, su recuerdo florece este 4 de abril de 2026 como los mangos que maduran con las primeras lluvias. Con 82 años de paso firme por la tierra y once desde su partida al encuentro con el Creador, su existencia es recordada no como una ausencia, sino como una transición fecunda, similar al mes de abril que une el verano con el invierno. Su vida fue un proceso vital de siembra espiritual, donde la honestidad, la caridad hacia el prójimo y una devoción inquebrantable por la unidad familiar se convirtieron en las raíces de una descendencia que hoy se multiplica bajo su ejemplo de rectitud y trabajo.
Más que un esposo, padre y entrañable amigo, fue un intelectual de alma desprendida que hizo de los libros y la lectura el cimiento fundamental para la formación de los suyos. Junto a su compañera, mamá Zoila, construyó un hogar donde lo material siempre fue secundario ante la riqueza del compartir; un espacio donde la mesa siempre estuvo dispuesta para el amigo y el necesitado. Su figura destaca por una espiritualidad desbordada y una capacidad única para unir a hijos, nietos y bisnietos en torno a los valores del humanismo cristiano, demostrando que la verdadera herencia no se cuenta en posesiones, sino en los afectos y las virtudes cultivadas a lo largo de casi un siglo de historia personal.
Como un «soñador indetenible», este baluarte tinaquero combatió las dificultades con la fuerza de la imaginación y la creación literaria. Su producción intelectual, plasmada en una decena de libros, folletos e investigaciones históricas, constituye hoy un patrimonio invaluable que invita a no rendirse ante la desesperanza. Para El Negro Hernández, como era conocido en el círculo popular, la escritura no era un acto solitario, sino un mensaje de resiliencia: la prueba de que los sueños más ambiciosos son alcanzables si se mantienen los pies en la tierra y la mirada en lo alto. Sus letras son el testimonio de quien entendió que el conocimiento es la herramienta principal para combatir la rudeza del mundo y encontrar la libertad del pensamiento.
La memoria de sus «93 abriles» reafirma que Dios fue el pilar imbatible que sostuvo su caminar y la brújula que guio su vocación de servicio. Su legado enseña que, al igual que la hierba que se renueva con el ciclo natural, la vida se transforma y trasciende a través del amor y la fe. El estado Cojedes atesora sus anécdotas populares y su destacada actividad cultural como una luz que no se apaga, recordándonos que, tras el sacrificio y la entrega, siempre llega la luz de la esperanza. Sus descendientes celebran no solo al hombre de letras, sino al ser humano que enseñó que el secreto de la felicidad reside en aferrarse a lo divino y compartir con generosidad lo poco o mucho que la vida pueda brindar.
A nuestro colega y amigo Carlos Hernández y demás familiares

