lunes, abril 27, 2026
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Homilía para el Día del Periodista. “La verdad; camino de libertad y esperanza”

Pbro. Jhonluis de Jesús Garaban Torcate

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Nos encontramos reunidos hoy, en el marco de esta celebración eucarística, para dar gracias a Dios por una vocación hermosa y necesaria: la vocación del periodista, ese hombre o mujer que cada día, con esfuerzo, con pasión y muchas veces en el silencio de la incomprensión, pone su talento, su mente y su corazón al servicio de la verdad.

Quiero que esta homilía sea, ante todo, una palabra de reconocimiento y de aliento para todos los periodistas presentes, y para tantos que, aunque no estén aquí físicamente, siguen sembrando esperanza con su trabajo cotidiano. En ustedes celebramos hoy un llamado de Dios que merece ser valorado, cuidado, sostenido y también santificado.

La vocación no es simplemente una profesión o un oficio que se elige. La vocación es una respuesta a una llamada interior. Y cuando hablamos del periodismo como vocación, estamos reconociendo que detrás de cada auténtico periodista hay una inquietud profunda por la verdad, por la justicia, por el servicio a la comunidad, por la defensa de lo humano.

El periodismo es una vocación profética. Como los profetas del Antiguo Testamento, el periodista observa los signos de los tiempos, escucha el clamor del pueblo, desenmascara la mentira y hace resonar la verdad aunque duela. Y así, sin saberlo muchas veces, colabora con el plan de Dios, que “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2,4).

En un mundo saturado de información pero sediento de sentido, ustedes, queridos periodistas, están llamados a discernir, a iluminar, a construir puentes de verdad, no muros de confusión.

Jesús mismo nos dejó este principio fundamental: “Conocerán la verdad, y la verdad los hará libres”. No dijo: “el poder los hará libres”, ni “la opinión”, ni “la mayoría”. Dijo: la verdad. Y esa verdad no es solo una idea; es una experiencia viva. Es Cristo mismo, el Hijo del Padre, que vino a revelar la verdad de Dios y del ser humano.

El periodista cristiano está llamado a ser discípulo de esa Verdad con mayúscula, a dejarse interpelar por ella, a buscarla más allá de los titulares y las tendencias. La verdad no siempre es popular, no siempre es cómoda, pero siempre libera. Cuando un periodista descubre y comunica la verdad con respeto, profundidad y honestidad, está siendo instrumento de libertad para su pueblo.

Pero esa verdad debe ir unida al amor. San Pablo nos invita a hablar “la verdad con caridad” (Ef 4,15). No basta decir la verdad, hay que saber cómo decirla, desde dónde decirla y con qué intención. Un periodismo que se vuelve rencoroso o sensacionalista pierde su vocación. El periodista no está para humillar, sino para iluminar. No para destruir, sino para edificar.

La Iglesia, a lo largo de los años, ha ofrecido reflexiones muy bellas sobre la comunicación social. Ya el Concilio Vaticano II, en el decreto Inter Mirifica, nos decía que los medios deben contribuir “a formar y consolidar sanamente la opinión pública” (IM 8), y que los comunicadores deben actuar siempre con sentido moral, buscando el bien común.

El Papa Benedicto XVI decía que el periodista tiene que ser como un “buscador de oro”, que sabe que en medio de mucho barro y piedras, puede encontrar lo valioso. Y el Papa Francisco, con su estilo cercano, nos ha dicho que el comunicador cristiano debe practicar “la cultura del encuentro”, debe huir del chisme, de la difamación, del odio, y ser puente, no trinchera.

En su mensaje de 2018 para la Jornada Mundial de las Comunicaciones, el Papa Francisco propuso un lema muy elocuente: “La verdad los hará libres. Y periodismo de paz”. Allí nos invitó a todos, y especialmente a los periodistas, a ser constructores de paz mediante la verdad, incluso cuando esta sea difícil o no encaje en las narrativas dominantes.

Queridos hermanos y hermanas, ser periodista hoy en Venezuela no es una tarea sencilla. Es, muchas veces, remar contra la corriente. Es enfrentarse al silencio, al olvido, a la incomprensión, a la precariedad de recursos y a muchos otros desafíos. Y, sin embargo, Dios sigue llamando a hombres y mujeres a ejercer esta vocación desde la dignidad, el compromiso y la esperanza.

Podemos decir que el periodista venezolano es hoy un testigo de la resiliencia de nuestro pueblo, un compañero de camino, un sembrador de luz. Con su labor, documenta el dolor, pero también los gestos de solidaridad. Relata la dificultad, pero también la creatividad. Da voz a la denuncia, pero también al anuncio de lo bueno que todavía florece entre nosotros.

No debemos ver esta realidad como una maldición, sino como una escuela de amor más grande, donde la verdad se convierte en un acto de fe, y el ejercicio del periodismo en un acto de servicio y redención.

Nuestra querida diócesis de San Carlos ha sido, y quiere seguir siendo, una casa abierta a la verdad. A través de sus medios diocesanos, de sus espacios de formación, de sus celebraciones, de su compromiso social y evangelizador, ha dado testimonio de que la verdad no se impone, sino que se propone con humildad y firmeza.

Aquí hemos visto a muchos periodistas acompañar nuestras fiestas patronales, nuestras procesiones, nuestras acciones caritativas, nuestras denuncias proféticas. ¡Gracias por hacerlo! Gracias por estar. Gracias por creer que comunicar la vida de la Iglesia es también comunicar vida, valores, sentido, trascendencia.

Desde la pastoral de la comunicación, desde nuestras parroquias, desde nuestros medios sencillos pero eficaces, queremos seguir animando a los comunicadores a ser verdaderos misioneros de la verdad, testigos de esperanza y defensores de la dignidad de la persona.

Queridos periodistas: al concluir esta homilía, quiero encomendar su vocación al corazón de la Virgen María, la gran comunicadora del Evangelio. Ella, que con su “sí” hizo posible que la Palabra se hiciera carne, nos enseña que comunicar bien es también escuchar bien. Que para hablar con autoridad, primero hay que saber meditar las cosas en el corazón.

María llevó la Buena Noticia en su vientre, pero también en su manera de vivir. Ustedes están llamados a lo mismo: a llevar la verdad en sus palabras y en su vida, a ser discípulos de la Palabra y mensajeros de esperanza.

No se desanimen. No se vendan. No se cansen de buscar la verdad. El periodismo puede ser una escuela de santidad cuando se vive con fe, con amor al prójimo y con responsabilidad. Sean fieles a su conciencia. Sean fieles a su pueblo. Sean fieles a Dios.

Y recuerden siempre: la verdad no es una carga, es una lámpara. Y quien camina con la verdad, nunca camina solo.

Que así sea.

Amén.

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