viernes, junio 19, 2026
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Todos contra el pelucón

By: Juan J. Astudillo P

Donald John Trump nació hace 80 años en Queens, Nueva York, en medio de un ominoso eclipse lunar; una «luna de sangre», le dicen. Lo conocí como el amable millonario que le da una dirección a Macaulay Culkin en Mi pobre angelito; tiempo después le dijo gorda a nuestra Miss Universo, Alicia Machado, la cual creo que terminó de perdonarlo este 3 de enero. Más adelante se puso muy de moda en la TV por cable con su programa The Apprentice (El aprendiz). Aquí no se ganó al público con su amabilidad; al contrario, todos nos fascinamos con su: «You’re fired!» (¡Estás despedido!), el cual en su boca era épico.

En un principio, Donald Trump era una celebridad más; Oprah lo quería y él era del Partido Demócrata. Siempre tuvo posturas firmes muy parecidas a las actuales, pero era aún parte de la manada de los socialmente aceptables en Hollywood. Trump era multimillonario, y uno muy famoso, por eso el dinero ya no le daba autorrealización, así que dio el paso definitivo: la búsqueda del PODER. Donald toma por asalto el Partido Republicano, no sin vencer mucha resistencia. Al principio era un chiste para los políticos de «carrera», pero al final se ha convertido en un hegemon que monta el elefante rojo y le da latigazos con sus tuits. Mira hacia adelante y solo le queda un peldaño para coronarse como el ser humano más poderoso del planeta: el presidente de los Estados Unidos de América. El POTUS, para los cuates.

La victoria de Trump es un hecho fascinante: rompió todos los moldes y destruyó décadas de teorías del marketing político. La desdichada y cornuda Hillary Clinton no podrá morir en paz por culpa de Trump; él le robó su destino. Trump entendió dos hechos de la política en el tercer milenio: primero, él sí sabe cómo usar sus redes sociales, es el prototipo del político-influencer; segundo (y conectado a lo primero), él no busca caerle bien a todos, al contrario, cabalga sobre la polarización. No se desgasta tratando de convencer a sus adversarios naturales, sino que usa su propio rechazo a su favor. Como diría un colector de camionetica en cualquier ciudad de Venezuela: “Tu odio me nutre”.

Trump en tres episodios:

I. Primera Presidencia: Logra ganar gracias a su entendimiento del juego de las redes sociales y al profundo hartazgo del público con el establishment bipartidista de EE. UU. Ganar fue fácil, gobernar no tanto; fue manipulado y engañado por el Estado profundo, y su equipo estuvo infiltrado por traidores desde el principio. Los venezolanos recordamos con afecto su genuina preocupación por nuestra situación; él llevó a Juan Guaidó, «el interino», al Discurso del Estado de la Unión y ambos partidos aplaudieron su causa, un momento único.

II. Derrota Electoral: Fue necesaria una pandemia y la unión de todos los poderes cibernéticos del Estado profundo para derrotar a Trump e impedirle su reelección. Hasta hoy, él sospecha de un fraude de los demócratas (cosa que, como venezolano, puedo creer). No olvidemos nunca que Juan Guaidó felicitó a Biden por su victoria antes que el propio presidente ultraizquierdista de México, López Obrador; sí, así de ingrato y falto de estilo fue «el interino».

Dicen que de la derrota se aprende mucho, y Trump aprendió demasiado. Cual bestia herida, se refugió en su cubil de oro y mármol, Mar-a-Lago, y convirtió a Florida en su base estratégica. Para su vuelta al poder aprovechó dos circunstancias: el catastrófico y acéfalo gobierno de «Sleepy Joe» (un apodo genial) y, sobre todo, el odio y la torpeza de sus enemigos. La persecución judicial contra Trump fue, políticamente hablando, un error garrafal de los demócratas. Recordemos que a Trump “el odio lo nutre”. Esa foto policial de Trump procesado como un delincuente, que debió ser una herida mortal para la campaña republicana, se convirtió en un punto de inflexión para el magnate de rizos dorados. Esa mirada de desprecio absoluto por sus enemigos valió oro (y claro que la practicó muuuuucho). Su inspiración directa es, obviamente, el símbolo nacional de los EE. UU.: el águila calva. Esa misma mirada tiene Trump.

III. Segunda Presidencia: La segunda presidencia de Trump se ha caracterizado por su desdoblamiento temporal. Trump se ha movido tan rápido que pareciera ya estar en su último año de mandato cuando solo se acerca a la mitad. Ha dejado patitiesos a sus enemigos internos porque se comporta como un boxeador que no da un solo respiro a su contrincante. El secreto está en lo que hizo durante la presidencia de Biden: depuró su equipo y empezó a planificar todo lo que haría en su segundo mandato, planes y contraplanes. Ya no es el presidente novato de 2017 que fue engatusado por el establishment; ahora es un hombre sin miedo a nada y va solo por una cosa: “Su legado”. Literalmente no teme ni a la muerte (ha esquivado tres atentados).

De estos vientos nos llegó a Venezuela un huracán este 3 de enero de 2026, una fecha que Venezuela nunca olvidará… pero de ese tema hablaremos en la próxima cita.

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