Luis Miranda (CNP 27048)
En la política, como en la vida, hay victorias que no solo cambian mapas, sino que desafían dogmas. Lo ocurrido en el estado Cojedes en el año 2021 fue una de ellas. En lo que muchos consideraban un feudo inexpugnable, la opción liderada por Alberto Galíndez logró romper el mito del invicto oficialista. Quienes vivimos de cerca esa gesta sabemos que no fue un accidente de la suerte, sino el resultado de una estrategia basada en la constancia, la movilización y la fe en la vía electoral. Sin embargo, la mayor sorpresa no fue el triunfo en sí, sino el desolador panorama que dejó la retirada, una gobernación desvalijada, competencias arrebatadas y un aparato institucional reducido a cenizas.
Cuatro años después, tras un proceso de reconstrucción que comenzó sin recursos y con las uñas, el pueblo de Cojedes habló de nuevo en las urnas. La reelección de Galíndez no solo fue más contundente que su primera victoria, sino que lo consolidó como un referente de resistencia institucional. Fue el premio de la ciudadanía a la gestión, al orden frente al caos y a la política de la presencia.
Por eso resulta incomprensible y políticamente aberrante escuchar a voceros de la propia acera opositora ensayar descalificaciones absolutas contra este liderazgo. Calificar con un «cero» una gestión que ha sobrevivido al asfixiante centralismo y al saqueo previo, no es un análisis; es un acto de mezquindad y miopía estratégica. Hasta los propios adversarios del oficialismo miran con estupor semejante audacia retórica.
¿A qué responde esta conducta? No es un secreto que la oposición venezolana padece la fractura de dos visiones contrapuestas. Por un lado, están quienes defienden la vía institucional, el voto y la gestión local como trincheras de resistencia. Por el otro, sobreviven sectores maximalistas que, tras haber promovido la abstención y el repliegue, hoy pretenden erigirse como los únicos salvadores de la patria a fuerza de discursos incendiarios y guerras sucias.
Para este extremismo, reconocer que un gobernador de oposición puede gestionar con éxito y ser reelecto es un golpe directo a su propia narrativa. Si admiten que Cojedes avanza, su tesis de que «votar no sirve para nada» se desmorona ante la realidad. Por lo tanto, prefieren negar la evidencia y decretar que no se ha hecho absolutamente nada.
Se puede disentir de Alberto Galíndez, criticar aspectos de su gestión y exigir más; eso es parte de la democracia. Pero intentar borrar con el codo el veredicto de un pueblo entero es un suicidio político. La política de micrófonos y descalificaciones extremas solo siembra escepticismo en la gente. Mientras algunos siguen atrapados en el laboratorio de la pureza ideológica y el ataque fratricida, la ciudadanía real prefiere evaluar los resultados.
Al final del día, el extremismo se queda en la narrativa del cero, pero la historia se escribe con los hechos de quienes deciden quedarse a reconstruir sobre las ruinas, este tipo de declaraciones con signo de descalificación absoluta suelen responder a desesperados intentos de posicionamiento para justificar el fracaso en el accionar político. En política negar por completo la realidad poniéndose gringolas suelen ser un recurso de retórica de quien no tiene nada que decir, nada que aportar y dice mucho de la seriedad con que se expresan.

