By: Juan J. Astudillo P. (Opinión)
Octubre de 2011, el féretro del presidente Carlos Andrés Pérez entró en la sede nacional de Acción Democrática, en la Florida Caracas, desde Florida EE.UU. Esos mismos que votaron para sacarlo de la presidencia, esos mismos que confabularon para ponerlo tras las rejas, esos mismos hoy manoseaban sus restos y hacían comparsa de su imagen. El «Gocho» ahora estaba mudo; ya no podía negarse a sus intenciones. En vida, él dijo: «Yo ya no soy adeco».
¿Cómo llegaron las exequias del exiliado presidente Pérez a Caracas en pleno gobierno de su acérrimo enemigo Hugo Chávez frías?, ese un chisme de alcoba.

El «Gocho», como buen andino de inicios del siglo pasado, no creía en los divorcios; en lo que sí creía era en las queridas y barraganas. Y como no se divorció, el cuidado amoroso de Cecilia Matos no pudo protegerlo en su tumba miamera. Allá fue a alcanzarlo el despecho de su mujer, aquella a la que abandonó por su secretaria. Y, producto de estos dilemas de alcoba, ese hombre que «sí camina» terminó caminando su muerte hacia homenaje adeco (que no quería). CAP se caracterizó por no guardar rencores; eso lo hizo temerario ante el peligro de sus enemigos. ¿Habría perdonado él a sus Judas? Quién sabe, capaz que sí. Ojalá, porque sí. De lo contrario, estaba revolcándose de la arrechera.
¿Quién fue CAP? ¿El presidente del «está barato, dame dos», como le decían los que advirtieron que tanta empresa pública era una muy mala idea? ¿Era CAP ese campeón socialista que repartió riqueza y nacionalizó el petróleo?, ¿Era, en cambio, ese sabio presidente que puso orden en la casa, privatizó empresas públicas y creó el SENIAT para fundirnos a impuestos? ¿Era ese estadista que se enfrentó a los cogollos podridos de su partido, se rodeó de tecnócratas y soñó con deshacer todos los nudos socialistas que él mismo anudó? ¿Era CAP ese fiero y sagaz ministro del Interior que combatió a sangre y fuego la insurgencia de sus primitivos congéneres ideológicos de la guerrilla comunista? ¿O era CAP ese político de hueso fino, líder referencial en Latinoamérica, que despreciaba las intrigas de palacio y ponía de ministro de la Defensa a funcionarios comprometidos con su caída? ¿Era CAP un socialista joven e idealista, o un estadista curtido convencido de las bondades del libre comercio y el capitalismo?
El tiempo habla claro: los hombres evolucionan, pero la memoria es necia, y es más fácil recordar al «tío Carlitos» como ese jeque bonachón que capitaneó la «Venezuela Saudita».

