By Juan J. Astudillo P.
No había el «Cabito» acabado de ganar la Revolución Liberal Restauradora al pusilánime de Andrade, junto a su compadre, hermano del alma, mano derecha y nunca jamás capaz de traicionarlo, Juan Vicente Gómez, cuando llegaron a Miraflores unos misiues, uno alemán y el otro inglés, con sendos bigototes. Venían a cobrar unos trencitos que sacó Guzmán Blanco a cómodos plazos; las cuotas estaban ya vencidas. ¿Y con qué iba a pagar Castro si el café aún no se vendía y acabábamos de terminar otra guerra civil? Castro le dijo a Juan Vicente: «Compadre, atiéndalos y dígales que vengan después». Salió el Benemérito y, desde las puertas entreabiertas de palacio, les gritó: «Que manda a decir mi compadre que él no está, vengan más tarde». Aquellos misiues se ofendieron mucho y amenazaron con el puño.
Y volvieron con barcos y cañones y rodearon todas las costas del país. Estábamos embargados. Castro entonces exclamó: «¡Oh, y ahora ¿quién podrá defendernos?!». Y saltó por detrás Theodore Roosevelt, presidente de los United States. Tenía en sus manos un gran mazo que decía: «Monroe», y sin necesidad de gran violencia salió firme y decidido a atender a los europeos bajo una mata de mango al frente de Miraflores. Se echaron unas risas, salió Gómez a llevarles unos cafés bien cerreros con unas catalinas, y también se sentó a conversar amenamente, mientras Castro los veía desde una ventana del segundo piso de palacio, detrás de unas cortinas. Y así, una vez más, todo fue solucionado por Teddy Roosevelt, el presi más audaz de los EE. UU.
La doctrina Monroe fue propuesta por el presidente James Monroe en 1823. Es, desde entonces, un principio rector de la política exterior de la gran potencia norteña; básicamente dice que cualquier agresión externa a un país de las Américas es una afrenta directa a los EE. UU. También lo podríamos entender como que ¡aquí nadie se mete sin su permiso!

A los venezolanos nos ha beneficiado en dos ocasiones: la primera vista en 1903 y la segunda en 2026, aunque en el Laudo Arbitral de 1899 la ayuda norteamericana no se agradece. Esta sabia doctrina fue bastante abandonada a cambio de hacer eternas guerras en Medio Oriente y Asia; dejaron crecer mucho el monte en su «patio trasero», tanto que en la crisis de los misiles de Cuba en 1962 una mapanare casi los muerde. Este abandono se profundizó mucho en el tercer milenio, siendo su política para el resto de América entre regular y catastrófica. Esto explica en gran medida el lamentable estado de la OEA actualmente, que compite en inoperancia con la ONU. El Foro de São Paulo es la demostración de aquel principio de que nada queda vacío por mucho tiempo.
La vuelta a la presidencia de Donald Trump ha iniciado un proceso lento pero decidido para separar a Estados Unidos de responsabilidades globales; en otros términos: quitar la grasa. Ya no más gorreros europeos, ya no más jugosos negocios para China. Trump ha desempolvado la doctrina Monroe y, bajo esa premisa, va a poner orden a sus revoltosos vecinos americanos. La primera víctima de esta decisión ha sido precisamente el chavismo, pero evidentemente no se va a quedar allí, porque el próximo «boche» en este partido de bolas criollas es Cuba. Muchos apuestan a que pronto habrá un cambio al salir Trump, pero el imperio tiene mucha inercia; como una gandola de gasolina, no puedes virar tan rápido.
El tercer milenio luce amenazante con su multipolaridad e imprevisibilidad. Estados Unidos ha perdido gran parte de la ventaja ganada al vencer en la Segunda Guerra Mundial y en la Guerra Fría. La torpeza maliciosa de las ideas de Kissinger fue un veneno para la hegemonía global norteamericana; el plan de emergencia para salvar los trastes es restablecer el dominio sobre América. Aquí Estados Unidos contará con todas las materias primas, alimentos, agua y energía necesarios para poder sobrevivir a todo. ¡Se están preparando!… ¿Preparando para qué? Tal vez para el principio de otra gran guerra.

