By: Juan J. Astudillo P. (Opinión)
Jueves Santo de 1812: un pueblo desafía las leyes divinas. Venezuela declara su independencia y la Primera República tiembla ante el más pavoroso sismo que se recuerde en la colonia. Los padres realistas reclaman desde sus púlpitos improvisados y fustigan al pueblo por su impiedad; han desafiado la divina autoridad del rey Fernando VII. La crítica de los patriotas al rey, no fue por incapaz, ni por traicionero, ni por absolutista, (Que lo era) los patriotas lo rechazaron por ser el impotente prisionero de Napoleón Bonaparte, Fernando era su forzoso y extremadamente cómodo invitado, tanto que hasta le pidió al emperador de Francia ser adoptado como su hijo.
Pero la mentalidad religiosa no entiende de reyes inadecuados, solo entiende de absolutismos monárquicos; por eso usaron el devastador terremoto que acabó con la republicana Caracas y buena parte de Venezuela como un látigo para azotar a los masónicos republicanos. En medio de las ruinas de la iglesia un muy joven Simón Bolívar se encaramó y soltó, en defensa de la exánime Primera República, su frase más controversial: «¡Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca!». Filosóficamente es interesante el debate, pero desde un punto de vista esotérico es superpavosa; desafiar a la Madre Naturaleza es casi siempre escupir al viento huracanado.
214 años después, la naturaleza ha vuelto a lanzar los dados y ha salido un doblete mortal: los dos peores sismos unidos desataron su ira contra Venezuela y la línea mortal recorrió el país, desatando su furia destructiva en su punto final: La Guaira. Hoy vivimos un eco mortal de 1999. El ciclo histórico del chavismo hoy se cierra, como se cerraron los 300 años de calma de la colonia, y su coletazo final parece ser de nuevo la tragedia. Hoy no tenemos el verbo seductor de Hugo Chávez para capitanear la zozobra del barco; solo hay silencio, el gobierno ha dado un paso atrás y el escenario ha quedado para el pueblo que salva al pueblo, y para las manos amigas del mundo.
En 1999, los venezolanos estuvimos solos en nuestra tragedia, no por falta de solidaridad, sino porque para Chávez era más conveniente cerrar la puerta. Y así languidecimos, con nuestra herida abierta; la reconstrucción de Vargas marchó a «paso de vencedores», arrastrando los pies, atrapados en la madeja de la corrupción y la ineficiencia. Oremos para que la nueva reconstrucción de La Guaira se enmarque en el resurgir de Venezuela, en libertad y claridad democrática.

