viernes, mayo 15, 2026
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Radicalización como forma de culto

Raúl Castellanos Latouche (Opinión)

Vivimos en la era de la hiperconectividad, un tiempo donde la información viaja a la velocidad de la luz y donde, lamentablemente, el pesimismo parece haber encontrado una autopista de seis carriles para circular sin frenos. Basta con asomarse a la ventana digital de las redes sociales para tropezar con un fenómeno tan fascinante como aterrador: la proliferación de individuos que han hecho de la tragedia, la radicalización una forma de culto y de la crítica destructiva su rasgo de identidad más sagrado. Son los «adivinos de catástrofes», personas que en un abrir y cerrar de ojos transforman una incertidumbre cotidiana en un vaticinio sombrío que solo tiene vida en los laberintos de su propia mente.

Estos ciudadanos del desastre parecen adorar la tragedia y hacerla pública. La buscan, la olfatean y la celebran en cada rincón, arrugando un entusiasmo que les es crónicamente escaso. Para ellos, no existe el «podría salir bien»; solo existe el «seguro saldrá mal». Es una visión de espejismos, donde las palabras ligeras se lanzan como piedras contra cualquier intento de avance. Se sientan con firmeza frente a sus celulares, esos equipos que se convierten en comandos de mando desde donde reinan sobre una visión catastrófica, imaginando siempre el peor escenario posible ante situaciones que, en la gran mayoría de los casos, nunca llegarán a ocurrir.

Lo asombroso no es solo su pesimismo, sino su increíble capacidad de inventiva negativa. Han convertido la crítica en su armadura y su espada, perdiendo por completo la capacidad de ser constructivos. Reaccionan de forma defensiva ante cualquier cambio, viendo peligros donde otros ven oportunidades de crecimiento. Si se presenta una nueva estrategia, un proyecto innovador o una idea fresca, estos agentes de la predisposición tóxica encontrarán, con precisión quirúrgica, la razón exacta por la cual «no funcionará». El problema es que su análisis se detiene ahí; nunca hay una propuesta alternativa, nunca hay una solución, solo el veto constante nacido de un alma que se siente vencida antes de comenzar.

Esta actitud no es inofensiva. Ellos mirar con picardía cada cosa que ocurre a nuestro alrededor, transforman cualquier esfuerzo colectivo en algo inútil. La sociedad necesita energía, movimiento, voluntad, fe y esperanza en el futuro para avanzar, pero estos «vaticinadores de momentos oscuros» actúan como un ancla oxidada. Su resistencia al progreso no nace de la prudencia, sino de una opacidad interna que les impide ver la luz en las acciones ajenas. Para ellos, detrás de cada buena idea que sale a flote, siempre debe haber un interés egoísta oculto o un fallo estructural esperando a colapsar.

Al final del día, esta narrativa de futuros sombríos es un mecanismo de defensa contra la propia incapacidad de soñar. Es más fácil predecir el fracaso ajeno que trabajar por el éxito propio y de la humanidad. Es más sencillo ser el rey de una tragedia imaginaria en TikTok, Facebook o WhatsApp que ser un obrero más en la construcción de un mejor país. Si seguimos permitiendo que esta «visión catastrófica» domine nuestra conversación pública, corremos el riesgo de convertirnos en una sociedad que se rinde por cansancio mental antes de dar el primer paso. Es hora de soltar el celular, desinflar los espejismos de desastre y recuperar el entusiasmo, esa actitud que, aunque les duela a los profetas del caos, es el único motor real de la historia.

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